CR360 2026 · Ultraendurance en solitario
La hice sola, en modalidad ultraendurance. Un carro de seguridad me acompañaba a la distancia —a veces 20 km, a veces más cerca en las noches, solo para que en cada zona supieran que no andaba sola—. Pero ese carro no me daba ninguna asistencia. Yo llevaba mi comida, mi hidratación, y dormía donde encontraba: a veces al lado del carro, a veces donde fuera. Así funciona esta modalidad, es como llegar al PC y dormir donde la organización esté sellando. Y para mí tenía un propósito extra: seguir entrenando la autoasistencia que necesito para salir a competir afuera de Costa Rica.
Terminé en 9 días y 13 horas. Había planeado 12. Esto es lo que pasó en el medio.
Salí de Jacó rumbo norte, tomé el desvío por Lagunillas, crucé el túnel hacia el otro lado de la autopista José María Castro Madriz y seguí por senda hasta La Ceiba, rumbo al puente Jesús María y Caldera. En el Roble, entrando al ingenio, me topé con dos ángeles de la ruta: doña Rocío y don Alberto. Me avisaron que el último río venía muy crecido —a él le había llegado el agua hasta la tapa del pick-up— y me guiaron por el desvío hasta Chapernal. De ahí salí a la Interamericana, donde por suerte tenían un carril cerrado por reparación y pude pedalear tranquila hasta reconectar con la ruta.

Seguí por calle interna —lastre y asfalto alternado, pueblos y zonas rurales— hasta la carretera del Tempisque, pasé el Puente de la Amistad y tomé el Corredor Chorotega bordeando toda la península.

Antes de llegar a Cóbano, la ruta me llevaba hacia Montezuma. Pero desde que crucé el Tempisque venía viendo relámpagos sin parar, y ya cerca de la zona un amigo, Juan Carlos, me avisó que había tormenta en Montezuma y que esa calle de barro estaba destrozada por los carros: inestable y peligrosa. Me recomendó seguir por Cóbano y bajar a Playa del Carmen. Eso me sacó a Montezuma y Malpaís de la ruta, pero en seguridad uno no se puede poner terco.
En seguridad,
uno no se puede poner terco.
Seguí el borde costero hacia el norte: Santa Teresa, Playa Hermosa. Ya de noche no logré encontrar el paso completo por la playa —tuve que subir unas cuestas bastante empinadas— y esa parte la voy a remarcar mejor para la competencia. Desde ahí seguí a Coyote y por todo el borde, pueblos y playas hermosísimas una tras otra. Los comercios ya estaban cerrados a esa hora, pero siempre hay alguna gasolinera en el camino para cargar agua.
No dormí la primera noche. El plan era llegar a Cabinas Las Olas y cenar en el Restaurante El Puente en Avellanas a las 10 p.m., pero llegué cinco horas antes de lo previsto. Igual paré a bañarme, comer y dormir un poco, y retomé a las 11 p.m. rumbo a Potrero, Nuevo Colón y Sardinal, ya con Liberia en la mira.
Pasé la carretera de Liberia a La Cruz temprano, aunque el tránsito ahí es pesado —en un reconocimiento previo había visto otra ruta, pero estaba cerrada con árboles caídos y fue muy difícil pasar con la bici. Para la competencia voy a intentar despejar ese paso original. La Cruz no es parada obligatoria por ruta, pero era el primer pueblo que veía desde el amanecer, así que entré, dejé la bici en un ciclo para que le limpiaran la transmisión, y comí.
De ahí en adelante la carretera es mucho más tranquila, con vistas hermosas, gasolineras y supermercados para abastecer. En Upala compré comida para llevar porque sabía que la gasolinera de Katira tenía ducha —aproveché para bañarme y comer.

Cerca de Chimurria, como a las 3:40 a.m., la calle marcada se veía completamente embarrialada con ese barro colorado que resbala como jabón. Decidí esperar el amanecer para tomar la carretera principal —de noche, con tráfico de trailers, es más peligrosa. Al amanecer seguí hacia Santa Rosa de Pocosol, desayuné, y la lluvia no paró en todo el trayecto.
Después de Boca Arenal volví a calles internas —siempre esa mezcla de lastre, asfalto y barro— hasta Pital, donde tomé la calle principal por su espaldón amplio y poco tráfico. En Chilamates me topé con mi mamá en plena carretera. Me dio la bendición, todo su amor y su apoyo —esa carga de energía que solo las mamás saben dar—. Seguí hasta Puerto Viejo de Sarapiquí, paré en la gasolinera, y tomé calles internas hacia Guápiles, por uno de los tramos más duros a nivel de terreno: piedra de río suelta en plano, que golpea el asiento sin parar y obliga a pedalear todo el tiempo solo para avanzar.

Llegué a Guápiles centro a las 5 p.m. A esa hora ya no era seguro cruzar por calle vieja hacia Siquirres, así que descansé hasta las 3 a.m. Salí con lluvia intensa, casi sin visibilidad, hasta La Herediana, donde no encontré el paso —ya en casa encontré una ruta alterna que voy a ir a reconocer.
No pude llegar pedaleando hasta Siquirres, que era el punto donde tomaba el carro hacia Hone Creek. Llamé al carro 10 km antes. En el camino había un derrumbe que nos obligó a un desvío que alargó el viaje de 2 a 3 horas. Ya en Hone Creek salí con lluvia hacia Manzanillo y de regreso, un poste de alumbrado caído había cerrado el paso —tomé el desvío y llegué antes que Mateo, mi carro de seguridad, que venía atrapado en la presa.

De vuelta en Siquirres llevé la bici al ciclo otra vez —los cambios desajustados, probablemente por tanta lluvia— y seguí de noche hacia El Guayacán. Ahí el clima cambia por completo: de lo húmedo y caliente de toda la ruta hasta entonces, a fresco y frío, por dicha sin lluvia.
Turrialba, Juan Viñas, la represa de Cachí, Orosí, El Tejar, y un desvío hacia La Estrella con un descenso empinado —hasta -48%— pero corto. En La Estrella aproveché el tubo del AyA frente a la iglesia para un baño rápido: dientes, piernas, cara, bloqueador solar.
Después de un tramo de lastre comí y dormí 30 minutos cerca de Chespiritos 3, antes de encarar los 40 km de subida del Cerro de la Muerte. Fue llevadera, con poco tráfico y clima fresco, hasta los últimos 10 km antes de la cima, donde el clima cambió de golpe: frío intenso y lluvia fuerte. Como ya iba a parar arriba, seguí sin ponerme más ropa y llegué congelada. Me prestaron dos sudaderas, me tomé todos los aguadulces y chocolates que encontré, comí sopa, me volví a poner el uniforme y el rompevientos, y bajé 40 km de descenso frío.
En Pérez Zeledón el clima volvió a ser húmedo y caliente, con mucha presa. Decidí no seguir directo a San Vito: aproveché la casa de unas amistades para bañarme, comer y dormir unas tres horas. Salí a medianoche sintiéndome al cien. Solo paré en Buenos Aires como a las 4 a.m. por un café —la neblina siempre me da sueño.
Las subidas hacia San Vito son exigentes, pero me sentí muy bien en todo el tramo, con vistas espectaculares. Cargué comida en el supermercado y seguí por Sabalito, Agua Buena, y el descenso hacia Ciudad Neily —de las vistas más hermosas que he visto en Costa Rica.
Después de comer en una soda en Ciudad Neily llegó el tramo más inesperado de toda la ruta: el Alto de Conte. Pendientes de hasta 31%, terreno de piedra redonda suelta, barro, lastre fino. Empezó pedaleable, con vistas hermosas, y de un momento a otro dejó de serlo. Oscureció. Tuve que caminar empujando la bici por un tramo muy solo, escuchando algo moverse en la vegetación a mi lado. Seguí concentrada al frente, caminando lo más rápido que pude, con todos los focos encendidos para espantar animales —sin el valor de voltear a ver qué era. Fue una de las partes más retadoras de toda la aventura.

Llevaba 24 horas continuas
de pedaleo.
Cuando por fin salí a la «calle principal» —seguía siendo lastre, pero ya con alumbrado— estuve a punto de tirarme al suelo, pero sabía que si me agachaba me quedaba dormida ahí mismo. Llevaba 24 horas continuas de pedaleo. Busqué subir un poco más para alejarme de mi vecino de la vegetación, me topé con mi carro de seguridad, y ahí sí me dormí a la orilla de la calle. El plan era descansar 40 minutos; pero mi cuerpo necesitó 3 horas. A la 1 a.m. me alisté y seguí hacia Conte, donde un supermercado cerrado me prestó su tubo de agua para cargar y hacer carbohidratos líquidos rumbo a Pavones.
Llegué a Pavones al amanecer. Es una playa hermosa, y de esos recorridos que uno termina diciendo «valió la pena». Cansada, pero con la cafeína que había suprimido tres meses antes ahora funcionando como un cohete en cualquier gel, seguí rumbo a Golfito. Ahí dormí dos horas escuchando la lluvia, y cuando desperté ya había refrescado. Compré un emparedado para llevar y seguí aprovechando la luz del día por La Gamba, hasta Piedras Blancas y el desvío hacia Puerto Jiménez.
En Puerto Jiménez terminé el emparedado y dormí una hora antes de meterme 10 km hacia Corcovado y devolverme rumbo a Drake. En la gasolinera me advirtieron de asaltos a mano armada en una calle oscura que debía cruzar, así que esperé el amanecer —hora y media más— antes de seguir.
Ya con luz de día entré a Drake, con una humedad altísima y cuestas exigentes, pero pedaleables. En un pueblo en el camino un señor me avisó que faltaba la cuesta más dura, aunque pavimentada —no exageraba—. Después vinieron descensos empinados y sueltos, los mismos que tendría que volver a subir al regreso. Llegué a Drake sudando muchísimo, desayuné, me hidraté bien y salí de inmediato para no enfrentar el calor del mediodía.

Saliendo de Drake por suerte me topé una finca donde cargué agua para enrumbarme hacia Chacarita. A 36 km de Chacarita mi carro de seguridad me alcanzó de nuevo y saqué cuentas: 236 km para terminar. Sonaba poco, pero ya caía la tarde y los últimos 200 km son de mucho tráfico de trailer —había decidido desde el inicio no hacerlos de noche.
Llegué a Chacarita a las 5 p.m., justo cuando caía el sol. Me bañé en la gasolinera, comí una pasta enorme en el restaurante de al lado, y por la lluvia que no paraba decidimos ir a unas cabinas a 2 km en vez de pasar la noche a la intemperie. Dormí de 7 p.m. a 3 a.m., me alisté, y salí a las 4:30 a.m. con los últimos 200 km por delante.
Llegué a meta a las 5 p.m.
Sentí una mezcla de felicidad y confusión —parecía un sueño, parecía que apenas ayer había salido de ese mismo punto. Revisé mi cuerpo y me sentía bien; creo que pensé que iba a llegar mucho más cansada. Le di gracias infinitas a Dios por permitirme llegar, y por supuesto a Mateo, mi carro de seguridad, que siempre estuvo ahí.
Completar la primera edición de CR360 es una de las experiencias más duras que he hecho. Planeé 12 días y duré 9 días y 13 horas —descansé más de lo que tenía calculado, y eso definitivamente me funcionó. Terminar sintiéndome bien fue resultado del entrenamiento previo, tanto sobre la bici como en acondicionamiento físico, y la estrategia de alimentación me funcionó casi perfecta: sí, iba un poco pesada por todas las bolsitas de hidratante y mezclas de avena que llevaba, pero eso me sostuvo en los momentos donde estaba en la nada y necesitaba carbohidratos. Hay cosas que perfeccionar en la ruta y en la estrategia —siempre se aprende— pero qué nivel de aventura me fui a hacer.

CR360 es la aventura más exigente y hermosa que he hecho. Si quieres conocer y enamorarte de Costa Rica, esta es tu casa.
Nos vemos en CR360 2027.
«Tu mente te llevará más lejos
de lo que pueden tus piernas.»